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Quiero quemar un CD

Grabar un CD para regalarlo parece cosa de otra época. Pero en tiempos de catálogos que aparecen y desaparecen, un disco en la mano empieza a ser la única prueba de que algo alguna vez fue propio.

Un CD en un esritorio rodeado de audífonos y empaques de CD'
Los soportes físicos volvieron a ocupar un lugar en la conversación cultural mientras las plataformas concentran cada vez más el acceso a la música, las películas y los videojuegos.

“Hoy te voy a enseñar cómo se quema un disco para que se lo regales a quien quieras” escuché en un reel mientras estaba doomscrolleando en Instagram.

Me pareció anacrónico. O tal vez deslicé de más. Tuve una vaga idea, así que continué con el video para ver si acerté.

El entusiasta creador de contenido sacó una torta de CD para luego mostrar el software de quemado y un lector de discos. Un ritual de tiempos de Windows XP. Volvimos a 2005.

Conozco esos aparatos, porque crecí con ellos. Y es por eso que me parece extraño verlos volver. ¿Para qué traer de vuelta algo poco práctico y obsoleto en una era en la que nos estamos quemando el cerebro por abusar de la inteligencia artificial?

La respuesta es simple y, por eso mismo, difícil de explicar. Los que estamos en nuestros veintes empezamos a extrañar lo físico. Somos aquellos que, sin ser millennials, en algún momento de nuestra vida tuvimos que ir a una cabina de internet o de Play a enviciarnos o descargar música pirata para nuestros teléfonos de gama baja durante los 2010.

Si bien nunca tuve que llamar por teléfono fijo a alguien que me gustara (afortunadamente), sé que texteando se pierde parte del encanto de los cortejos de las décadas pasadas: postales, dedicatorias, fotos, discos o cartas. ¿Qué tienen en común todos estos elementos? El gusto por lo físico. El tocar, sentir, ver, guardar y recordar.

Mi mamá con sus casetes de Camilo Sesto y José José,  mis abuelas con sus álbumes de fotos con notas hechas a mano en el reverso, algo que como early Gen Z nunca viví. Eso sí es anemoia: nostalgia de una época que no me tocó. Aun así, entiendo que no es lo mismo mandar una playlist de Spotify con título meloso que tener un CD que te regaló alguien pensando en ti. Una playlist se comparte. Un disco se entrega.

Antes comprabas un disco. Tenías doce o quince canciones y, por necesidad, las escuchabas una y otra vez hasta que se rayara. Si además era un disco que habías grabado para alguien, habías tenido que escogerlas, ordenarlas y decidir qué canción debía abrir y cuál cerrar.

Lo mismo pasa con los videojuegos. La gente de mi generación aún añora jugar el Winning Eleven Agresivo con perreo dosmilero como soundtrack. Jugar horas y horas de Tekken, GTA y hasta Dragon Ball Z Budokai Tenkaichi 3 con doblaje pirata.

Todo eso se perdió con el tiempo y no nos importó, porque siempre fue más práctico. Pero ahora la situación es diferente. Ya no hace falta imaginar un futuro en el que los juegos de PlayStation dejen de venderse en discos. En julio, Sony anunció que dejará de fabricar discos para juegos nuevos a partir de enero de 2028.

Y no es solamente una cuestión de videojuegos. Buena parte de nuestra vida cultural pasó a depender de plataformas que nos permiten acceder a casi cualquier cosa, pero que también pueden decidir cuándo deja de estar disponible.

Lo físico ya no solo evoca texturas, olores y recuerdos. También es una de las pocas pruebas que tenemos de que algo, en algún momento, estuvo en nuestras manos.

Pongamos de ejemplo a King Gizzard & the Lizard Wizard, una de mis bandas favoritas. En 2025 retiró casi todo su catálogo de Spotify como protesta por las inversiones de Daniel Ek, fundador y entonces CEO de la plataforma, en Helsing, una empresa europea de tecnología de defensa. Si tu biblioteca dependía de Spotify, una banda podía desaparecer de ella de un día para otro. No porque dejaras de pagar o dejaras de escucharla. Nadie te preguntó. Mala suerte.

Lo mismo pasa con las series. La parrilla de los proveedores de streaming cambia, una película desaparece de una plataforma, una licencia vence, un director es funado y aquello que estaba disponible anoche ya no está esta mañana.

Ya no compramos necesariamente para tener, sino para acceder. Y esa diferencia, que durante mucho tiempo pareció irrelevante, empieza a importar cuando algo desaparece.

Supongo que por eso existe este renovado interés por coleccionar objetos. No es algo nuevo. Ya pasó con los vinilos. Pero si esta vorágine de tenerlo todo en la nube y en las plataformas de streaming continúa, probablemente seguiremos buscando cosas físicas que podamos guardar como prueba de que, por lo menos, alguna vez fueron nuestras.

No quiero idealizar. La tecnología vieja era, en muchos sentidos, una mierda. Caminar hoy con un Discman, un Walkman o un iPod sería un calvario. Tampoco quiero llenar la mochila de discos ni esperar cinco minutos para bajar una canción. En comodidad, el streaming gana. Pero los discos tenían algo que ningún servidor tiene: ocupaban un lugar.

Por eso entiendo al chico que enseñaba a quemar un CD en pleno 2026.

No es un impulso performativo, o al menos no es solo eso. Creo que es nostalgia por hacer algo que puede quedarse. Bueno, al final acerté. Y ya me dieron ganas de quemar un disco. Solo me falta decidir para quién. Muchas gracias, algoritmo.

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