Una vela encendida en el ónix
Una figura inesperada apareció al pulir una pieza de más de un metro. Es el punto de partida de Historias de Piedra, la nueva exposición de Alfredo Rolando Grosman, trabajada con ónix de Ayacucho.
Una tonelada de ónix de Ayacucho llegó al taller de Alfredo Rolando Grosman. Era la primera vez que trabajaba con esa piedra. No sabía del todo cómo iba a responder, cuánto podía quitarle ni qué podía encontrar dentro. Una de esas piezas terminó convertida en una vela de más de un metro. No estaba en sus planes.
La figura apareció al pulir la escultura. La forma de la vela y las vetas que dibujan su llama coincidieron de una manera que sorprendió al artista. "¿Cómo es posible que yo haya podido calcular eso?", se preguntó. "Ha sido un match perfecto entre forma e información geológica", explica. La pieza central de Historias de Piedra nació, en buena medida, de ese encuentro entre lo que él talló y lo que la piedra guardaba.

El acercamiento al ónix había empezado con una visita a la Casa Museo Marina Núñez del Prado. Allí, Grosman vio esculturas hechas con este material y quedó impresionado por la manera en que la luz atravesaba la piedra. Tiempo después, durante un viaje a Ayacucho, encontró el ónix que llevaría a Lima y que ha trabajado durante el último año.
Una tonelada
Cuando la piedra llegó a su taller, Grosman todavía no sabía cómo trabajarla. Había comprometido más de una tonelada de material sin haberlo utilizado antes. La duda era concreta: ¿y si resultaba demasiado duro?, ¿y si no conseguía darle forma? "El alabastro es una materia que ahora considero mantequilla comparado con el ónix", recuerda. El nuevo material le exigía más tiempo para retirar materia y, en algunas zonas, podía fragmentarse.
Pero también ofrecía otras posibilidades. Es más translúcido que el alabastro y menos frágil, una combinación que le ha permitido al escultor llevarlo más lejos sin perder de vista la estructura de la piedra. "El ónix me ha permitido llevarlo aún hasta límites más lejanos, conservando su estructura y también jugando con lo que es la translucidez de la materia", dice.
El trabajo fue, sobre todo, un aprendizaje. Grosman avanzó con distintas piezas y series en paralelo, durante varios meses. En ese proceso entendió que la luz no era un detalle posterior, sino una parte fundamental de la obra. "El factor fundamental que he aprendido es el de cómo la luz entra a la ecuación", explica. El ángulo desde el que entra puede cambiar lo que se revela porque algunas zonas dejan pasar poca luz y otras llegan a parecer casi transparentes.
La piedra guía
Grosman describe su proceso como un diálogo con el material. Las vetas, las formas naturales y las densidades internas le dan pistas sobre dónde profundizar, qué retirar y qué conservar. "La piedra me indica por dónde llevar la obra", dice.
"Es como que todo es una obra que se va armando mucho con el instinto, con el diálogo con la piedra", cuenta. Por eso mantiene algunas zonas rugosas y sin pulir. No las considera defectos que deban desaparecer, sino partes que también cuentan la historia del material. "Hay partes rocosas que quieren mantenerse y hay partes que, digamos, hay que retirarlas".
El contraste entre lo crudo y lo brillante es deliberado. Para el artista, lo rugoso remite a lo terrenal, mientras que la superficie pulida y luminosa se acerca a lo celestial. Su lectura lleva esa oposición hacia el trabajo interior de las personas: "Así como pulimos la piedra para que brille, nosotros podemos trabajar nuestro propio interior". Es una interpretación que convierte el proceso escultórico en una metáfora de transformación personal.
La luz también modifica la experiencia de las esculturas. Junto a la curadora Svitlana Davydenko, profesora de Historia del Arte en Valencia, exploraron la posibilidad de crear un espacio oscuro que permitiera iluminar las piezas y apreciar su translucidez. La propuesta todavía dependía de las condiciones del lugar, pero la intención era jugar con la luz y la oscuridad. "Ver las obras durante el día y ver las obras iluminadas durante la noche es otra experiencia", señala Grosman.
El ónix que estaba aquí
Grosman encontró en el ónix una oportunidad para acercar al público a un material peruano poco conocido. Cuenta que, durante una visita al Museo de Minerales, le dijeron que no había ónix en el país. Al revisar estudios geológicos, encontró que sí existen yacimientos, aunque son pocos. En Ayacucho halló una piedra de tonos blancos, amarillos, ocres y verdes oliva.
El artista también identifica un desafío: despertar interés por un material propio en un público que, según su experiencia, a veces valora más lo que viene de fuera. "El reto es poner valor cultural algo nuestro para que la gente sienta esa conexión", dice. Su intención es poner en poner en primer plano sus posibilidades escultóricas y el trabajo que permite revelar lo que lleva dentro. La exposición cuenta, además, con autorización para el uso de la Marca Perú, un reconocimiento que acompaña su vínculo con el patrimonio y los materiales del país.
La vela que apareció al pulir la pieza central concentra buena parte de ese proceso y es por eso que su importancia adquiere nuevas dimensiones: la intervención del artista, la memoria geológica de la piedra y una forma que no estaba prevista desde el inicio. Grosman cree que cada visitante puede encontrar en ella una historia propia. "Puede ser alguna experiencia religiosa, una experiencia espiritual, una experiencia metafísica", dice. La piedra, una vez más, deja espacio para que quien la mire complete el relato y saque sus conclusiones.
Información
Historias de Piedra, exposición individual de Alfredo Rolando Grosman.
- Inauguración: martes 6 de octubre de 2026, a las 6:00 p. m.
- Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma.
- Dirección: avenida José Larco 770, Miraflores.
- Curaduría: Svitlana Davydenko.
- Material: ónix de Ayacucho.